Lo encontró en la terraza este con un cigarrillo.
Era media tarde, la luz dorándose sobre los terrenos, y él estaba de pie junto a la balaustrada, de espaldas a la puerta, una mano en el bolsillo, el humo subiendo delgado y pálido contra el cielo que oscurecía. Lo había visto fumar dos veces antes. Ambas veces se había retirado. Esta vez empujó la puerta y salió a pararse junto a él.
Él la miró de reojo.
—Eso te va a dañar los pulmones —dijo ella.
—Buenas tardes a ti también.
—Hablo en serio. E