Las luces de la ciudad iluminaban las silenciosas calles de la Reggio, solitarias y húmedas, como si fueran conscientes del peligro que corrían aquella noche, con el Capo respirando rabia y capaz de exterminar un país entero si se lo proponía.
El coche se adentró en una zona residencial, sobornando al guardia de seguridad y dándoles acceso a las casas donde habitaban las personas de mayor renombre de la ciudad.
—Es aquí —dijo Piero, aparcando frente a una de las mansiones de la zona, con sus po