El Sotto Capo empujó la puerta del despacho con cautela, tanteando el humor de su hermano. Había sido avisado por sus hombres del mal temperamento que traía ese día. Era conocimiento de todos que había dormido en una de las habitaciones del segundo piso y que su esposa no había bajado en todo el día del tercero. La tensión que se respiraba era demasiada y ponía en alerta a todos.
—Dije que no quería que nadie me molestara, tú incluido —dijo el Capo sin levantar la vista del computador.
—Eso he