Livia
Desperté sintiendo los rayos del sol quemar mi cara. Desorientada, me levanté al ver los cristales rotos y la botella de Macallan casi vacía. Me dolía la cabeza a horrores y no podía ver de tanta claridad.
«¿Qué hora era?»
No recordaba qué había pasado, pero todo apuntaba a que había ahogado mis penas con la botella más cara del bar.
Me tambaleé un poco al cruzar la puerta. No había rastro de nadie en el lugar, solo tres bandejas de comida —una por cada tiempo— y ninguna había sido to