Livia
Salvatore fue el hermano que nunca tuve. Me ayudaba a escabullirme de la mansión, me cubría en las tonterías que hacía para que mi padre no me castigara y siempre me ayudaba a llegar hasta la celda donde tenían a mi madre. Él fue el único que me consolaba en mis noches más amargas, cuando sentía que el mundo se me venía encima y que no había nada que me salvara.
Ahí estuvo él, para mí, toda la vida.
Y cuando no lo estuvo, tuve que acabar sin mí. «Tenemos que ser egoístas para sobrevivir».