Livia
El auto se detuvo frente a la entrada, que de cerca era todavía más imponente, con amplios escalones de mármol negro que descendían hasta un camino central rodeado de jardines cuidadosamente diseñados y con dos fuentes rectangulares.
—Su nuevo hogar —dijo el hombre que me ayudó a bajar.
«Hogar». Casi solté un bufido. Yo no tenía un hogar, y esto no se sentía como uno.
Estaba entrando a una fortaleza de la que no se entraba ni se salía sin la autorización de su dueño. Aquel lugar era u