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Los emisarios y los Alfas partieron a la mañana siguiente y el castillo no tardó en recuperar su ritmo habitual. Los días se acortaban y enfriaban, el bosque se llenó de manchas rojizas entre el follaje perenne, el viento del norte trajo las primeras lluvias del otoño.

Aquéllas semanas fueron las más felices de mi vida. Resultaba curioso, pero no importaba cuánto crecía mi panza, me sentía fuerte y llena de energía. Más pesada físicamente, pero ligera y animada de espíritu. Mael y yo p

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