Sylvia empujó la puerta del coche y bajó. Se quedó de pie al borde de la carretera, alzó la cabeza y miró la gran verja de hierro calado y tallado que permanecía firmemente cerrada frente a ella. El dobladillo de su vestido se mecía suavemente con la brisa.
De pronto, la caja de los recuerdos se abrió, y estos se derramaron como una marea incontenible.
—Papá, te lo ruego… también soy tu hija. Saldré adelante, te lo prometo. Recompensaré a la familia Clark. Por favor, no me entregues a otros… po