Sylvia permaneció de pie un instante y, al oír aquellas palabras, curvó los labios en una sonrisa burlona. Sin prisa, se sentó en la silla junto a Jenny y primero le lanzó una mirada entre irónica y ambigua.
La mano de Jenny tembló; apenas pudo mantenerse sentada y apartó la vista con nerviosismo.
Solo entonces Sylvia alzó los ojos hacia la anciana.
—Señora James, entre usted y yo no había ningún agravio —dijo con voz fría—. En circunstancias normales, este ataúd no habría cruzado jamás la puer