Al mismo tiempo, en la mesa de los universitarios cercanos estalló el alboroto. Un chico con el cabello teñido de plateado soltó una grosería sin tapujos:
—¡Joder! He sido compañero de Bella durante dos años, ¿y aun así no he podido acostarme con ella?
¿Acostarse con Bella?
Qué gusto tan deplorable.
Sylvia soltó una risa fría y continuó comiendo la comida frente a ella.
—Eh, Andy, mira allí. Esa chica no está nada mal —dijo alguien.
El chico de cabello plateado, que había estado fantaseando sin parar mirando el televisor, giró la cabeza al oírlo. Vio a una joven sentada tranquilamente a la mesa, vestida con un sencillo vestido largo de tonos claros. Su aspecto era delicado y correcto, sereno y dócil; sus rasgos eran tan puros que parecían gotear inocencia.
Delante de ella había un enorme plato de carne asada, fideos a la parrilla y costillas asadas, con capas y capas de ternera y cordero amontonadas…
Una sola mesa no alcanzaba para tanto.
Comía con calma, sin prestar atención a nadie.