En el salón iluminado como de día, todos los sirvientes fueron llamados. Cada uno observaba el semblante sombrío de Fabian con evidente inquietud.
¿Qué había pasado?
—¿Entró hoy alguien a escondidas? —preguntó Fabian, sentado en el centro del sofá, con el rostro lívido.
—No —respondieron los sirvientes al unísono, negando con la cabeza—. Hemos estado todo el tiempo en la casa. ¿Cómo iba a entrar alguien?
—¿No ocurrió absolutamente nada extraño? —insistió Fabian con frialdad.
—No. Todo fue norma