Al llegar al muelle, sus manos estaban glaciales mientras la invadía una oleada de nervios. No sabía con qué clase de persona se enfrentaría, pero aun así mantuvo la compostura, aunque dudaba de haber ido sola a aquel lugar. Observó a su alrededor sin distinguir a nadie, y una punzada de desesperación comenzó a crecer en su pecho, hasta que, en la penumbra, divisó a un hombre envuelto en un abrigo negro, con la capucha alzada, ocultando su rostro.
Valentina respiraba con dificultad, pero no s