Lo primero de lo que fui consciente fue del calor. No el calor de un fuego ni el de una manta, sino un calor sólido, vivo, que me rodeaba por completo. Estaba en el brazo alrededor de mi cintura, en el pecho presionado contra mi espalda y en la respiración constante y rítmica que movía el cabello de mi cuello. Era el olor a pino, lluvia y algo que era únicamente Ronan.
Estaba en su cama.
Los sucesos del día anterior volvieron a mí de golpe, no como recuerdos, sino como una serie de sensaciones.