El silencio en la habitación era una cosa viva, algo que respiraba conmigo. Era un vacío donde mi ultimátum seguía suspendido, un reto lanzado a los pies de un rey. Ronan me miraba, su rostro era un lienzo donde las emociones cambiaban sin control: shock, incredulidad, y un horror lento, creciente, mientras entendía el alcance monstruoso de lo que le estaba pidiendo.
“Una niña,” murmuró, las palabras saliendo como una blasfemia. “Quieres que tome a una niña. Que la use como ficha.”
“Quiero que