El sonido del cerrojo de hierro deslizándose fue lo más fuerte que había escuchado en mi vida.
Un golpe final, ensordecedor, que resonó en la oscuridad sofocante, sellando mi destino. Mis rodillas cedieron, y me deslicé por la pared fría y húmeda, mi cuerpo un peso muerto. La piedra áspera me raspó la espalda, pero apenas lo sentí. Todo lo que podía sentir era la sensación fantasma de la mano de Ronan soltando la mía.
El silencio que siguió no estaba vacío. Era una criatura viva, que respiraba.