Ronan no dudó.
En el mismo instante en que las palabras salieron de mis labios, él ya estaba de pie. El hombre tierno que había besado mis muñecas desapareció, reemplazado en un parpadeo por el Alfa. El aire de la habitación se volvió espeso, cargado con el poder crudo e indómito que emanaba de él en oleadas. Era algo aterrador y, al mismo tiempo, electrizante.
—¿Cuántos? —preguntó con voz grave, peligrosa, mientras se movía hacia un gran cofre de roble al fondo de la habitación.
Cerré los ojos