La base del Corazón del Mundo no era suelo sólido. Era un umbral, un velo trémulo de luz blanca pura que zumbaba con la misma frecuencia fundamental que habían sentido en sus huesos. El zorro del amanecer caminó hacia él sin vacilar y lo atravesó, desapareciendo como si se sumergiera en una piscina de luz estelar líquida.
Se miraron el uno al otro. No hacían falta palabras. Su viaje los había llevado a este momento único e inevitable. Juntos, cruzaron el velo.
La transición no fue violenta; fue