La primera primavera después del último invierno no fue una estación, sino una revelación. El mundo no estalló de vuelta a la vida; la inhaló, lenta y vacilante, como un gigante que ha dormido largo tiempo y pone a prueba sus extremidades. Las llanuras grises eran ahora una alfombra de verdor, salpicada de flores silvestres de colores imposibles: azules profundos que centelleaban, rojos vibrantes que parecían pulsar con una luz tenue. El cielo era de un azul brillante y esperanzador, y el sol,