Atravesar el arco fue como sumergirse en un océano frío y silencioso. El mundo de piedra y tierra se disolvió, reemplazado por un reino de luz pura e inmaculada. No había suelo bajo nuestros pies, ni aire en nuestros pulmones, ni sonido en nuestros oídos. Ya no éramos cuerpos de carne y sangre, sino seres de conciencia, a la deriva en un río de luminiscencia. Lo único que se sentía real era el lazo irrompible del juramento de sangre, un hilo plateado que conectaba nuestras dos almas en esa exte