El mundo no solo se detuvo; dejó de existir. Solo estaba el calor febril de la boca de Ronan sobre la mía, el choque desesperado y hambriento de labios y lenguas que era menos un beso y más una rendición mutua. Fue una batalla por el dominio que ninguno de los dos quería ganar, un reconocimiento crudo y primitivo de la fuerza peligrosa e intoxicante que había estado hirviendo entre nosotros durante días.
Cuando por fin nos separamos, fue con un jadeo compartido y entrecortado. Su frente descans