El rostro del Sumo Predicador, que alguna vez fue una máscara de serena certeza, era ahora un lienzo de rabia apoplética. El vacío fracturado, la estática caótica, las insidiosas semillas del recuerdo... todo era una perversión. Una enfermedad.
—Eres una plaga —siseó, y su voz ya no era un tono plano y monótono, sino un escupitajo venenoso—. Propagas el sentimiento como un contagio. ¡No permitiré que el mundo se infecte con este... este ruido!
Se lanzó, no hacia Elina, sino pasando de largo, co