El Silencio no era una ausencia. Era una presencia. Un vacío hambriento y devorador que raspaba el interior del cráneo, borrando el pensamiento conforme se formaba. Era el equivalente psíquico de un vacío absoluto, y Kaelen estaba en su epicentro.
Estaba apoyado sobre sus manos y rodillas; la flauta había caído de sus dedos entumecidos. Ya no gritaba; el sonido le había sido arrancado de la garganta. Su mente, una biblioteca de incontables historias, estaba siendo desmantelada metódicamente: la