El silencio que descendió después de que la patrulla de Luna Plateada huyera fue más pesado que sus burlas. Era algo vivo, palpitante, espeso con el olor de la tierra húmeda, de mi propia adrenalina y de la presencia abrumadora de Ronan. Su mano permanecía sobre mi hombro, una marca de calor y posesión que parecía filtrarse hasta mis propios huesos. A través del juramento de sangre podía sentir el pulso débil y constante de su aprobación, un zumbido grave y resonante que era a la vez aterrador