Adriana no estaba furiosa con Bianca.
Estaba furiosa consigo misma por haberla mirado como se mira a una mujer que puede quitarte algo.
La comprensión llegó tarde, en el espejo angosto del baño de invitados del refugio, con la misma crueldad limpia con la que llegan ciertas verdades que nadie pidió. No tenía el pelo desordenado ni la boca temblando ni el aspecto útil de una mujer humillada. Tenía peor cara: la de alguien demasiado inteligente para no entender qué le acababa de pasar.
Bianca n