Bianca no parecía una mujer que hubiera esperado.
Parecía una mujer que pertenecía al sitio exacto donde la habían encontrado.
La calle alta de Moneghetti seguía estrecha, blanca y ofensivamente soleada después del subsuelo. Detrás de ella, la ciudad volvía a ser Mónaco: balcones limpios, fachadas demasiado caras para admitir secretos, un repartidor en moto cruzando la esquina y dos ventanas abiertas desde las que cualquiera podía mirar demasiado.
Bianca llevaba gafas oscuras, chaqueta clara y u