Franco tardó tres segundos en responder.
En una casa como aquella, tres segundos ya eran una admisión.
La cocina seguía oliendo a vino abierto y a territorio tocado por otra mujer. Adriana mantenía la mano plana sobre la carpeta, inmóvil, como si al retirarla confirmara algo que todavía no estaba dispuesta a conceder.
—No es su casa —dijo Franco al fin.
Adriana sostuvo su mirada.
—Tiene código. Tiene llaves. Te deja vino servido. Abre compartimientos sin mirar. —Su voz no subió; se afiló—. En m