La luz del refugio estaba encendida antes de que Franco apagara el motor.
No era una luz de vigilancia.
Era una luz de espera.
Adriana lo supo antes de bajar del coche. El primer piso nunca dejaba esa lámpara lateral encendida cuando solo estaban Damián y los archivos. Esa lámpara no iluminaba trabajo. Iluminaba llegada.
—Tiene visita —dijo.
Franco siguió la línea de la ventana. No preguntó cómo lo sabía.
—Damián no me avisó.
—Entonces no la considera visita.
La subida hasta la entrada fue cort