Félix se quedó paralizado, con la última pizca de esperanza agonizando en sus ojos, dejando solo un pozo negro e insondable de desesperación.
Amaro dio el último paso, acortando la distancia entre ellos.
—Déjame explicarte algo —dijo con voz tranquila y pedagógica, como la de un profesor con un alumno lento—. Si te hubieras callado, si hubieras aguantado la paliza y hubieras muerto sin decir palabra para proteger a tu Don, te habría respetado. Lo habría acabado rápido, por ti y por ellos. La muerte de un guerrero. Pero te derrumbaste. Suplicaste. Ofreciste traicionarlo. Eso no te convierte en un superviviente, Félix. Eso te convierte en un traidor.
Félix tembló visiblemente, completamente indefenso, como un hombre que veía su mundo acabarse desde una silla atornillada.
Amaro se agachó frente a él, volviéndolos a mirar.
—Valante te encontró en la cuneta —recitó, como si leyera un archivo. “Él te dio rango. Te dio respeto. Te ayudó a casarte con tu querida Lena. Pagó la cirugía de coraz