A Dimitri, el aire se le estancó en la garganta. La herida del brazo, aunque sangrante ni siquiera la sentía. Solo existía en ese momento: esos preciosos ojos castaños que parecían ver a través de él sin ningún esfuerzo. Su estómago se contrajo, dio un paso atrás donde un traspiés casi lo precipita al suelo, unas manos fuertes lo sacuden. El murmullo de una voz atraviesa sus tímpanos al ver que Anita se desmaya.
Su intención fue lanzarse a evitarle el golpe, pero el guardia la atrapó primero, l