La Mansión Minsky parece una olla a presión a punto de estallar. El aire está pesado, cargado con el olor a papel viejo y el perfume caro de gente que no tiene alma. El lugar está a reventar; hay abogados con maletines de cuero, contadores que no despegan la vista de sus pantallas y algunos de los socios más viejos de Boris, hombres que parecen sacados de una película de terror y que solo están aquí para ver quién se queda con el botín.
En la primera fila, sentadas como reinas en un trono que to