El pasillo que lleva a la habitación de Anita se siente kilométrico para Dimitri. Camina arrastrando los pies, cargando una caja de regalos que parece pesarle más que un lanzacohetes. Se ve impecable con su camisa gris, pero el sudor le perlaba la frente. A su lado, Camille y Alex van cargados de bolsas de tiendas caras: ropa de algodón suave, mantitas y unos zapatitos de colores que parecen de juguete.
—No puedo hacer esto, Camille. Es una ridiculez —se detiene Dimitri a escasos metros de la p