Lejos en el centro de Manhattan, una mujer sale debidamente ataviada con un vestido que no deja mucho a la imaginación. Entra a la habitación que funciona como comedor con el teléfono en el oído platicando con el médico que atiende a su hijo mayor con quien mantiene una relación extraña. Sentado a la mesa en ese mismo comedor de esa misma residencia se encuentra un hombre degustando el desayuno gourmet que le ha servido la encargada de la cocina.
—Buenos días cariño —la mujer observa con curios