Lord Baltashar Morrison caminó de un extremo a otro a través de la sala de estar, respirando como un toro a nada de atacar. Clarisse —aún hecha un verdadero desastre— yacía sentada en una de las butacas con las manos en el regazo, apretando los pobres y mugrosos guantes que antes fueron de un blanco puro. La preocupación la arropó al recordar la palabra cárcel, pronunciada por el hombre que le hacía perder los estribos hasta el punto de querer asesinarlo.
Cubrió su rostro intentando no ponerse