Después del susto de la cámara, Henrik insistió en que saliéramos un rato.
—Estás pálida —dijo—. Necesitas aire.
—No sé si debería. Después de lo que ha pasado...
—Por eso mismo. Llevas días encerrada en esta habitación. Un rato fuera te hará bien. Y yo estaré contigo.
No discutí. Tenía razón. Las paredes de la suite se me estaban cayendo encima. Cada sombra me parecía una amenaza. Cada crujido, un aviso. Necesitaba salir. Necesitaba respirar.
Henrik me llevó al invernadero.
Era la primera vez