El pasillo se me hizo eterno.
Henrik caminaba a mi lado. No decía nada. No hacía falta. Su presencia era suficiente. Pero ni siquiera eso conseguía calmarme del todo. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en las sienes.
Llegamos al ala médica. La misma puerta blanca. La misma camilla. El mismo olor a desinfectante. Pero esta vez Regina ya estaba allí. Sentada en la silla junto a la ventana, con las piernas cruzadas y una taza de té. No me saludó. Solo me miró.
—Siéntate —ordenó el méd