Los días siguientes fueron distintos.
No porque hubiera pasado nada extraordinario. Al contrario. Por primera vez desde que llegué a la mansión, no pasó nada. Nadie me pinchó. Nadie me humilló. Nadie me obligó a firmar nada. Regina no apareció más que de refilón, como un fantasma que se deslizaba por los pasillos sin detenerse. Sara desapareció durante días enteros. Y Henrik y yo entramos en una especie de rutina extraña, como dos personas que han aprendido a convivir sin hacerse daño.
Por la