El sonido de los aplausos me heló la sangre.
Me giré lentamente, con el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado. Ciro caminaba hacia mí desde la puerta del comedor. Aplaudiendo. Despacio. Con una calma tan absoluta que daba miedo.
—Tengo que admitirlo —dijo, con una voz suave como el terciopelo y afilada como una navaja—. Esto no lo esperaba de una novicia.
Retrocedí un paso. Luego otro.
—Tú... tú deberías estar...
—¿Paralizado? ¿Inmóvil? —Arqueó una ceja—. Sí, eso pretendías