Bajé las escaleras esa noche con el corazón en la garganta.
No sabía qué esperar. Después de lo de la cicuta, no sabía cómo iba a actuar Ciro esta noche. Si me castigaría. Si me humillaría. Si me miraría con ese desprecio tranquilo que tanto me molestaba.
Pero cuando entré al comedor, él ya estaba sentado en la cabecera. Camisa blanca arremangada hasta los codos. Una copa de vino en la mano. Tranquilo. Como si no hubiera pasado nada.
Y eso me puso más nerviosa aún.
—Siéntate —dijo, sin mirarme.