No dormí en toda la noche.
Me quedé sentada en la cama, con las rodillas contra el pecho y la mente girando en círculos. Las horas se consumían como velas. Dieciséis. Doce. Ocho.
Cuando el reloj marcó las siete de la mañana, tomé una decisión.
No podía decirle la verdad. Pero tampoco podía seguir mintiendo con la misma historia. Necesitaba algo creíble. Algo que explicara por qué sabía pelear, por qué mentía, por qué estaba allí.
Una verdad a medias.
Me vestí con ropa sencilla y bajé al comedor