El sol aún no se ocultaba del todo cuando Tania irrumpió en el templo con pasos suaves y firmes, como si siempre hubiera pertenecido allí. Desde su llegada, su presencia se había vuelto constante, cómoda… demasiado cómoda. Tala intentaba mantener la compostura, recordar que nada de eso le afectaría, que su plan iba más allá de esas provocaciones, pero su paciencia ya comenzaba a agrietarse.
Ese día, mientras varios miembros de la manada se reunían en el templo para compartir un momento de calma