Adan
Mateo pegó el auricular a su oído mientras me miraba con una sonrisa de absoluta burla. De mi lado de la línea, en la sala de juntas de mi otra firma, el ambiente estaba en calma.
—Dígame, jefe —dijo Mateo.
—Escúchame bien, Mateo —le ordené con una voz fría y tajante que no admitía réplicas—. Esa mujer no se va de mi oficina por ningún motivo. No me importa lo que diga ni las excusas que te ponga: no la dejas salir. Voy para allá, llego en media hora.
—Entendido, jefe. No se hable más —res