Adan
Sin perder el contacto visual, bajé la mano desde su cuello hasta el primer botón de su camisa.
Lo desenganché despacio. Luego el segundo.
El chasquido de la tela abriéndose en el silencio absoluto de la oficina sonaba casi ensordecedor, marcando la distancia que se reducía entre nosotros.
—Dilo otra vez —murmuré con voz rasposa, desabotonando el tercero mientras la tela se abría a los lados, exponiendo la piel tibia y alborotada de su pecho—. Dilo de nuevo... dime que no me deseas.
Ella s