Adán..
Me acerqué a Victoria a pasos lentos. Tomé su barbilla con delicadeza, obligándola a mirarme mientras evaluaba cada rasgo de su rostro pálido.
—¿Estás bien, princesa? —pregunté, dejando que mi voz recuperara esa suavidad peligrosa reservada solo para ella.
—Es hora de que regreses a tu casa —le dije en voz baja, rozando con el pulgar la línea de su mandíbula.
No se movió. Me miró en absoluto silencio, con los ojos bien abiertos y la respiración contenida.
Había una fascinación oscura en