AdanMe serví un vaso de whisky y me aflojé la corbata. Había sido un día pesado en la empresa, lleno de juntas insoportables, y este club no solo era mi negocio más lucrativo, sino mi santuario de desahogo.Caminé hacia el ventanal de cristal ahumado de mi oficina y la vi.Una rubia se subía al escenario central. Me acerqué al cristal y el shock me duró apenas un segundo: era Victoria. La reconocí al instante por los retratos que el estúpido de Julian Sinclair tenía en su escritorio, ese idiota que se ahogaba en deudas conmigo mientras fingía un matrimonio perfecto. Pero la mujer en mi pista no era una esposa trofeo. Estaba rota, borracha y desinhibida.Su baile era torpe, salvaje, impulsado por pura rabia. Se desabrochó los primeros botones del vestido de seda, exponiendo la pálida curva de sus pechos mientras se contoneaba. Dios, era hipnótica. Ver a esa aristócrata tan vulnerable, descarada y fuera de control me provocó un encanto inmediato, mezclado con una erección dura y pesada
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