Me mantenía de pie a duras penas, intentando abrochar los botones de mi blusa con dedos temblorosos. El ardor entre mis piernas y el rostro encendido de vergüenza me recordaban segundo a segundo lo que acababa de pasar sobre la madera de ese escritorio. Era incapaz de sostenerle la mirada.
Adán se acomodó el saco de diseñador frente al espejo con una parsimonia exasperante, impecable, como si nada hubiera ocurrido.
Abrí el bolso con manos torpes y extraje mi billetera, negándome a quedarle debi