Victoria
El silencio del comedor a las siete de la mañana era sofocante, pagado con cheques de seis cifras.
Al bajar, la tensión se podía cortar con un bisturí. La abuela presidía la mesa con sus perlas y su postura implacable. A su derecha, mi esposo revisaba su tableta con la indiferencia de siempre.
Le dejé un beso seco en la mejilla. Él apenas movió el rostro. No dije nada. No tenía derecho a reclamarle su frialdad, ni el perfume ajeno que le detecté la semana pasada cuando lo vi bajarse de