Ariel
Adán se salió de mí despacio.
Escuché el metal de su cinturón y el zíper subiendo con una calma exasperante. Me erguí con las piernas temblándole, apoyándome en el barandal de mármol para no caer. Él solo recostó la espalda en la columna, observándome con una sonrisa insolente mientras se reacomodaba el saco.
Con manos torpes me subí el vestido y me acomodé el escote.
Saqué un espejo compacto y mi lápiz labial. El reflejo me devolvió a una desconocida: mejillas encendidas, mirada extravia