Adan
Me acomodé la ropa mientras ella intentaba recuperar el aliento en el suelo, agitada.
—Súbete a la mesa —ordené sin elevar la voz.
Victoria obedeció en silencio. Se incorporó con las piernas temblorosas y se sentó sobre la madera.
Me acerqué, enganché el elástico de su tanga con dos dedos y se la arranqué con firmeza hacia abajo, dejándola caer al suelo.
Su humedad brillaba tenue bajo la luz del despacho.
Arrastré mi silla de cuero, la coloqué justo frente a ella y me senté a disfrutar del