Sonia Luna estaba de un humor de perros por los problemas con sus hijos y se la pasaba con cara larga. Normalmente, todas evitaban tocar el tema, pero ese día Alicia pareció disfrutar de hurgar en la herida. En ese momento se acercó la señora de la Vega. Al notar el ambiente tenso, y después de que alguien le hiciera una seña, intentó calmar las aguas.
—¿Por qué están todas aquí paradas? Vengan, vamos a sentarnos por allá, mandé a preparar unos bocadillos…
Pero Sonia no se movió. Con una actitud dura, respondió:
—¿Y qué si mi hija es exigente? Tu hija tuvo la suerte de casarse, ¿y para qué le sirvió? ¿No terminó divorciada? Y ahora está con un mantenido que no le llega ni a los talones a Gabriel.
Al escuchar la palabra “mantenido”, Regina se quedó seria.
—Señora, con todo respeto, ¿usted de qué siglo es?
Ella se quedó pasmada, mirándola con el ceño fruncido.
—No veo qué tiene de vergonzoso divorciarse —continuó Regina con firmeza—. Casarse, divorciarse, tener una relación… Son decision