—Sí, ya casi son las doce —asintió Regina.
Después de responder, caminó tranquila hacia su cuarto.
Un ruido a sus espaldas la detuvo. Gabriel la había agarrado del brazo con fuerza, haciéndola girar para que lo encarara.
Regina arrugó la frente y bajó la vista hacia su brazo.
—¡Me estás lastimando!
Intentó soltarse, pero él apretó aún más. Sus ojos, intensos y serios, recorrieron su cara hasta detenerse en su cuello. Al ver que no había ninguna marca, suspiró aliviado sin darse cuenta.
Disminuyó